ni en los recados ni en la compra.
No hay belleza en el despertador,
ni en el matrimonio ni en las perchas.
No hay belleza que se encuentre
en la pasta de dientes y la lejía.
Ni en los deberes ni en los quehaceres.
Ni en nuestros labios secos que hablan
de deudas y de partir cuentas.
No hay belleza en la agenda ni en las fechas que asoman.
No hay belleza comparable a sostenerlos en nuestras manos.
Belleza de abrigarlos, acariciarlos, y dormirlos después del día.
Belleza que es alarido silencioso, profundo y doloroso, fantaseando con verlos saltar mañana por la ventana abriendo sus alas.
Buscándose libres sobre nuestros hombros quejosos, en una suerte de techo y familia al punto, sobre el camino virgen que viene de nosotros.
Belleza de abrigarlos, acariciarlos, y dormirlos después del día.
Belleza que es alarido silencioso, profundo y doloroso, fantaseando con verlos saltar mañana por la ventana abriendo sus alas.
Buscándose libres sobre nuestros hombros quejosos, en una suerte de techo y familia al punto, sobre el camino virgen que viene de nosotros.