Con los ojos cerrados
deslumbrado por el sol
de las ocho de la mañana,
sentado sobre el asiento del piloto.
Hoy que he conseguido
que me haga caso la mujer
que he deseado durante tantos años,
hoy que no me he conformado
con sólo besarla
debajo de la colcha de mi cama,
sale el sol de las ocho de la mañana
y se queda ahí el muy cabrón,
mirándonos,
mientras ella acurrucada sobre mí,
casi durmiendo,
me pregunta:
¿Qué es lo que sientes?
y yo me río
porque sólo sé reír
cuando el sol suda
el alcohol que se bebió
durante la noche la luna,
le digo que ya lo sabe
que siempre me había atraído
desde antes incluso
de ser suficientemente hombre,
sabe que hubo noches
que me escondí para no verla
porque sabía que no tenía el valor
de decirle que no al deseo,
la losa de la conciencia
no regatea con las obligaciones,
no tiene ficha en el juego
de las concesiones.
se hace el silencio
Con los ojos cerrados
ella sigue como durmiendo,
yo acariciando su espalda
con el sol de cara,
esperando una señal
para poder por fin
mirarla a los ojos
y acariciar sus labios
morder el cuello
de el amor más platónico
que conoce mi pobre literatura,
de la palabra más corta
que se escribe con la lengua del amanecer,
la que se deletrea con una sola letra,
la ordenada entre la efe y la hache,
la que vive de mi pecado y su cuerpo,
la que no se cansa de vocalizar mi boca
y de chillar sin garganta mi corazón.
Con los ojos cerrados
noto que lentamente
va levantando la cabeza,
y yo, poco a poco,
voy abriendo los ojos,
y ahora siento haberlos abierto
estas horas de la mañana
no juegan a favor de nadie
y al mismo tiempo
que empiezo a besarla
los vuelvo a cerrar,
todos sabemos que es mucho mejor
besar durante la noche,
así que decido no volver a abrirlos
al menos mientras la luna no se apodere del día,
el sol es demasiado avispado,
demasiado vivo,
para que cualquier enamorado
no se dé cuenta de lo engañado
que está.
Con los ojos cerrados
tumbado sobre ella
pienso que pronto
estaré en mi cama otra vez,
idealizando lo que ha pasado
durante la noche,
pensando la mejor manera
para que el deseo no cambie de rostro
porque la mujer sobre la que ahora estoy tumbado
fue ese rostro durante mucho tiempo,
fue el alimento de muchas fuerzas,
fue la mejor carnaza para momentos de realidad,
el cebo preferido para que mis sueños
se hicieran con ella
y yo pudiera vivir y soñar
dos condiciones indispensable para poder respirar.
Ahora que mantengo los ojos bien cerrados
llego a la conclusión que lo mejor
es no volver a abrirlos
mientras el sol vaya ganando batallas
y la luna siga ganando la suyas
es la mejor opción para todo mutilado de guerra
que desea que algún día
la mujer preferida de la noche acabe con ella
y pueda abrir bien los ojos
y ser consciente de mis heridas
sin temor a cegarme, otra vez, con la luz del sol.
Mutilado de guerra