futuro incierto de hojalata,
relamo los jirones de mi ser,
ése que navega sólo de noche,
cuando no ilumina la luz de tu faro.
Alarmado en la oscuridad
que ilumina a la humanidad,
reclamo a los pies de cualquier cama
una vida sobre mi alma,
la soledad se bebe el resto del vasito de Ron.
Son tan pocos los peluches
sensualmente dispuestos a reinyectarme de verdad,
y tantas las osamentas repartidas por mi habitación,
dame agua, por favor, estoy muerto de sed
y soñemos hasta que uno de los dos decida desaparecer.
Pedante y obsceno
en mi recuento infinito de trofeos
que gané rodeado de perdedores
descritos, miseria en vida,
por mi tercer ojo, clínicamente muerto.
Los amigos no defraudan
sino que saben a menos si tú no estás,
abrázame más, lo podré soportar
tanto tiempo renegando
lo afirmo, eres tú quien me cambiará.
Unos ojos azules y el amanecer,
atormentado, enjaulado, poseído,
poesía en las inmediaciones a tu divinidad,
canciones hasta la saciedad,
cuentos y demás historias de alta suciedad.
Si el cansancio hace mella, finaliza
la partida de nuestra vida
y, arruinados o refinados,
nos abandonamos a la muerte inerte
de las pupilas preferidas del maltrato psicológico de Bécquer.
Las pupilas de Bécquer