Antes de eso, todo es un montón de posibilidades
flotando en un charco de barro cuántico.
Que lo que percibimos no es más que impulsos eléctricos
saltando entre neuronas,
jodiéndonos con nuestras expectativas.
Que la certeza es solo un maldito truco de la consciencia
para que no saltemos del quinto.
Así que aquí estamos, finitos,
actuando como si importara,
como si el hecho de sentirnos nos hiciera reales.
Como lo que tú y yo no somos:
un beso,
una historia,
una vida entera.
O quizás nada.
Seguramente nada.
Y dime, ¿hay algo más jodidamente perfecto que la nada?
Quizás tú, pero no creo.
¿Algo más bonito que lo que no se ha tocado,
ni visto,
ni juzgado?
Sin errores, sin heridas, sin pecado.
Quizás tú otra vez, pero cómo estar seguro.
Y hasta entonces,
lo que no somos:
infinitas posibilidades
naufragando contra el destino.