Busco el amor.
¡El amor!
Ese animal en celo que se esconde
debajo de las piedras,
en cada esquina meada,
en cada bar de lavabos rotos y espejos sucios,
en cada palabra que resuena en el eco de una caricia.
Busco el amor.
Y lo busqué anoche,
como un perro enfermo,
entre pupilas dilatadas y risas desconocidas,
en camas de muelles sin sábanas,
en casas desordenadas con pasillos interminables.
Busco el amor. Y te busco a ti.
Que seguro que existes,
porque te sigo inventando
a cada paso que te sueño.
A ti, que no me buscas —porque ya duermes tranquila—
pero que, cuando me tropieces,
vas a entender
que debajo de esta coraza de ironía y cinismo
hay algo más
que necesitas comprender.
Busco el amor. Y lo hago hoy,
en este reino de espejos rotos.
Porque buscarte
es buscar el amor.
El AMOR con saliva en los ojos.
El que te levanta del suelo.
El que te arranca las tripas.
El que te trota el pecho.
El que te expulsa de ti mismo.
El acto más transgresor,
más punk,
más natural,
más vivo,
que a este maniquí de barro
le queda por hacer.