Uno va entendiendo
que la locura no tiene fin.
Que no se puede combatir
con lógica ni con silencio.
Que cuando uno suspira de alivio,
después del estallido,
otra locura más grande vendrá,
como una puerta que se abre
sin avisar en la resaca,
como un mensaje en mayúsculas
a las seis de la mañana.
Uno va entendiendo
que hay días en que uno la sobrevive
y otros en que solo se espera
que el huracán amaine,
aunque toque recoger después del desastre.
Que el tic-tac de los relojes no cura,
que la distancia no enseña nada,
cuando el resentimiento es una forma de vivir.
Uno va entendiendo
que va a tener que lidiar
con su cólera,
que no hay escapatoria,
que hay mucha avería
y muy poca redención.
Que va a tener que driblarla
como un ratón al búho en la oscuridad.
Que le va a acompañar siempre,
como el hambre al perro flaco,
como la rabia a la despechada.
Uno va entendiendo
que no se entiende,
que no se trata,
que se respira de día
y se sueña en pesadillas de noche.
Que nada corrige,
que los libros ayudan,
pero no tanto.
Que la música despista,
pero no para siempre.
Que la terapia cura como el tabaco.
Que acariciar elefantes y abrazar árboles
es solo un disfraz.
Uno va entendiendo, por momentos,
que, a veces, todo pasa:
uno se levanta,
lava el vaso,
se ducha, se viste,
y vuelve a escribir.
Porque esa —aunque nadie más lo sepa—
es la única forma de decirle a la cara:
“A esta casa no vuelves a entrar”.