Pantalones acampanados,
campanas de tela
celebrando tus piernas,
y una blusa blanca de crochet
que deja pasar apenas
la luz del verano.
Y yo, que nunca he sabido
rendirme del todo,
remonto el río
con una copa en la mano,
como quien vuelve a creer
en las promesas utópicas
de un vino verdejo.
El amor, ya ves,
me ha venido otra vez
sin pedir permiso:
con tus ojos negros,
tu perfume de argán,
tu melena morena,
tu piel tatuada
y ese corazón gigante
que pone desorden
en mi orden.
Me enciendes.
Me contagias tu magia.
Me calientas.
Y entonces las palabras,
que siempre fueron mías,
se me escapan de la garganta
para buscar refugio
en tu lengua.
Tú no sabes, Angelita,
lo que me provocas
cuando llenas mi casa
con tus cositas,
cuando dejas señales
en los rincones
y la vida parece
menos artificial.
Si me miras,
voy hacia ti
con la torpeza de los hombres
que han aprendido tarde
a decir la verdad.
Eres la piedra caliente
en la bañera,
la toalla mojada en la cara,
la sauna en el coche,
la cascada en la cama.
Estoy seguro
de que contigo no habrá naufragio,
porque cualquier puerto
puede ser casa
si tú dejas allí
un poco de tu ropa,
tu risa
y chocolate.
Y aquí me tienes,
a tu servicio,
mirándote
con cara de malote,
pero muy torpe,
mientras me hablas
de viajes pendientes,
conciertos
y festivales.
Te admiro.
Aprendo.
Embobado.
Enredado.
Embrujado.
Enamorado.