Si no lo tengo lo deseo pero si lo tengo no lo disfruto.

Si no lo tengo me apetece pero si lo tengo me aburre.

Si lo tengo lo pierdo y cuando lo pierdo lo ruego.

Si lo pido no lo tengo pero si lo tengo me molesta.

Si lo tengo lo desperdicio pero si no lo tengo lo exijo.

Si lo tengo lo derrocho pero si no lo tengo lo guardo.

Si no lo necesito lo tengo pero si lo tengo me irrita.

Si lo tengo me aburre pero si no lo tengo me mata el tiempo.

Si no lo tengo lo obtengo y lo gozo hasta que lo tengo.

Si no lo tengo se me antoja pero si lo tengo me molesta.

Si no lo tengo lo necesito pero si lo tengo me irrita y lo pierdo.


Si tengo no sueño. Me gusta soñar.

Soñar que lo tengo. Almenos cuando no lo tengo.

Solamente poseo aquello que no puedo perder.

Nunca perdí nada porque nada fue mío.


Lo perdí y ahora lo siento

Durante el viaje de crecer crecí hacia mi mismo, será ese capricho el que me condujo a tal abismo de perder por el camino a ese supuesto espejo del alma que me tendría de ayudar contra cualquier elemento.

Maldita la gracia innata de la adolescencia que te obliga a perder el cariño a lo imposible y te estrella contra la realidad más cruel.

Sólo queda ya despedir la voluntad a esforzarse por recuperar tu cariño, lo hcho hecho está, por el camino del crecer perdiste parte de tu semilla y yo a mi tiempo perdí mis raíces.

Me dices que porque a tus espaldas?¿

Yo te digo que cuándo hubo cara a cara sin maldiciones.

Ahora intentas recuperar parte de mí.

Debes echar de menos algo, espero que no sea un abrazo.

Es duro, pero prefiero olvido que presente ya vivido.

Puedes seguir intentándolo, yo mientras me dejo llevar hacia otro lado.


Cara a cara


Días tristes, días grises...a todos aquellos que olvidamos ser para pretender por un tiempo...
Si no miré, ya no imagino.
Si no hablé, ya no me invento.
Si no caminé, hoy camino.

Me dejé de mirar al girar la esquina de la adolescencia y
me olvidé de las canicas, los conejos de la suerte y las divisiones con decimales.
Me olvidé de soñar, de vivir los amaneceres, de sentir el abrazo familiar.
Me olvidé de pedir perdón, de jugar al perdedor, de insultar con algodón.
Me olvidé de prestar atención al duelo entre la realidad y mi virginidad.
Me olvidé de los patios con coros, de los mensajes con papeles, de correr por correr.
Me olvidé de mis ilusiones caseras que siempre eran perfectas dentro del mundo que me inventaba en un metro cuadrado de mi habitación.
Me olvidé de no aburrirme con la magia, con la fantasía.

Me olvidé para arreglarme una mañana de setiembre y empezar a andar, sin caminar, por el camino de las drogas, el beso de judas y los algoritmos humanos.
Me olvidé de hacer caso a la razón, de tener presente la voz del cuidado,
que reprimía con cada noche, con cada día, con cada nuevo grado.
Me olvidé de hablar y me puse a reivindicar los gritos de alguien, lloros sin dueño.
Me olvidé de mí en un margen del camino y así poder vivir el sueño de mi noche de verano. Esos sueños con final espinoso, esos sueños que vives y no inventas.

Miro hacia atrás, recorto mis recuerdos de sueños oxidados y
entierro para siempre los miedos frágiles de la adolescencia.

Ser consciente del presente. Entender que todo no es tan urgente.
Vivir para sufrir y después disfrutar de cada brochazo a la sombra de picasso.
Hoy, subiendo escaleras peldaño a peldaño, poder presumir que una vez se dejó de correr para empezar a vivir.


Ilusiones caseras