Una guerra, la única que se ha conocido, lo arrasó todo: seres y cosas. Al principio, lucharon dos seres airados; después, dos grupos de seres airados. Con el tiempo, dos grandes masas de seres airados, que ocupaban todo el horizonte con armas gigantes. Lucharon unos contra otros y la destrucción llegó a todos los huecos del espacio.
El fuego calcinó toda la vida y las cosas, excepto dos seres airados que siguieron luchando sin armas, con los puños, con los dientes, lanzándose piedras y escupitajos, insultándose. Con el tiempo, uno de ellos cayó al suelo y el otro se lanzó sobre él, pero falló y partió una roca. La roca se deslizó pendiente abajo. En su caída vertical, la roca creció chocando contra otras rocas y la tierra que las contenía. El alud de rocas y tierra creó una ola gigante que fue devorando el planeta. El temblor provocó terremotos; los terremotos, grietas gigantes. El planeta quedó destruido en el vacío.
Los dos seres, en su caída, siguieron luchando. Sus sombras se perdieron en la oscuridad. Con el tiempo, del espacio surgieron tres rectángulos gemelos de colores rojos e inmensos, impasibles, ajenos a la guerra que los originó.