Qué miedo

Qué miedo fallarte,
llegar tarde a tus besos
y que ya no estés.

Qué miedo no verte en las estrellas de anoche.

Qué miedo perderme en la guerra,
no hallar paz ni tregua,
gritar auxilio al silencio del universo vacío.

Qué miedo las horas muertas 
de la vida ciega
en el tic-tac férreo de la ciudad.

Qué miedo los sueños errantes,
los mares apáticos, 
las posturas en los espejos digitales.

Qué frágil el camino vivo,
sus tramas y subtramas efímeras,
de soplido humano, de final siempre trágico.

Qué ligeras las palabras
y breves los encuentros,
bajo la luz del sol sin ocaso.

Qué bonitas las promesas 
en el banco otoñal,
sobre hojas húmedas.

Qué sinceros y tiernos,
nuestros besos en el columpio asesino 
de jóvenes valientes.

Qué miedo a no ser suficiente,
a la llamada del adiós,
a mis ojos tristes clavados en tu espalda.

Qué miedo al viento radioactivo
que susurra palabras de bruja
y me inflige insomnio y óxido.

Qué miedo que me falles,
que llegues tarde a mis besos
y ya no esté.