Dicen que en un beso
se intercambian hasta 80 millones de bacterias en solo 10 segundos.
Que el corazón se acelera de 60 a 100 latidos por minuto.
Que 34 músculos despiertan entre la cara, la mandíbula, los labios y la lengua.
Dicen que un beso puede quemar entre 2 y 6 calorías por minuto,
dependiendo, claro, de su intensidad.
Que la dopamina y la oxitocina inundan el cerebro,
que las pupilas se dilatan,
que el flujo sanguíneo aumenta,
y que el cuerpo entero responde.
Sin embargo, nadie ha medido todavía
el vértigo del primer beso,
ni la nostalgia de aquel que no se dio.
Tampoco hay experto que explique
la tormenta en el estómago del beso adolescente,
ni el incendio en la piel del beso trasnochado de madrugada.
¿Y alguien ha sido capaz de resolver su ecuación,
con las incógnitas de la espera?
El beso es, quizás, pizarra y lienzo, certeza y emoción, ciencia y poesía.
El instante en que dos ciegos se regalan la boca,
transformando sus labios de fiebre en un absoluto,
y su causalidad en algo inmortal.