La vida perfecta

Dicen que los artistas viven por nosotros la vida que no nos atrevemos a tener.

Por miedo, por no morir.
Por no hacer daño, por no hacernos daño.
Por no equivocarnos.
Por no soltar el control sobre lo que, al final, es incontrolable.

Ellos, en cambio, hablan del miedo, lo recorren, lo habitan.
Mueren un poco en cada verso,
se dejan la voz en una canción,
pierden la vista en cada boceto.

Porque tienen el arte de perder.
De perderlo todo, perderse a sí mismos,
de irse quedando sin nada
mientras nosotros coleccionamos días.

Nosotros, tan bien hechos,
tan cómodos en nuestras vidas perfectas,
con el cuerpo perfecto,
el trabajo perfecto,
el coche perfecto,
el viaje perfecto,
la cocina perfecta,
la familia perfecta.

Tan perfectos que, cuando nadie nos ve,
en las sombras, el artista que enterramos nos susurra al oído que todavía seguimos vivos.

Lo que no somos

Los científicos dicen que la realidad se crea cuando alguien o algo la observa.

Antes de eso, todo es un montón de posibilidades
flotando en un charco de barro cuántico.

Que lo que percibimos no es más que impulsos eléctricos
saltando entre neuronas,
jodiéndonos con nuestras expectativas.

Que la certeza es solo un maldito truco de la consciencia
para que no saltemos del quinto.

Así que aquí estamos, finitos,
actuando como si importara,
como si el hecho de sentirnos nos hiciera reales.

Como lo que tú y yo no somos:
un beso,
una historia,
una vida entera.
O quizás nada.
Seguramente nada.

Y dime, ¿hay algo más jodidamente perfecto que la nada?
Quizás tú, pero no creo.

¿Algo más bonito que lo que no se ha tocado,
ni visto,
ni juzgado?

Sin errores, sin heridas, sin pecado.
Quizás tú otra vez, pero cómo estar seguro.

Y hasta entonces,
lo que no somos:
infinitas posibilidades
naufragando contra el destino.

Nunca te perdoné

 Nunca te perdoné, se me olvidó.