Líquidos

Dice Bauman
que corren tiempos líquidos,
y eso parece.
Todo se desliza entre los dedos:
frágil, volátil, enfermizo,
como un día con demasiada prisa por caer al vacío.

Nos enamoramos por inercia,
y nos desenamoramos por pereza.
Amamos la velocidad,
y follamos como quien hace la compra.
Luego nos largamos, sin hacer ruido,
antes de desayunar.

Dice Bauman
que el compromiso pesa demasiado,
que somos una sociedad inmadura,
como la resaca de una noche que ya no recuerdas.

Y saltamos de chat en chat,
coleccionando historias cortas
y olvidos rápidos.

Relaciones de usar y tirar,
como un cigarro entre cuatro,
como un polvo sin nombres,
como un “Eres especial y te quiero,
pero no estoy preparado”.

Dice Bauman, sí.
Pero el vacío nos llena a todos.
Esa maldita sed insaciable
por una notificación más.

Tan líquidos,
que nos volvemos transparentes.
Nada nos afecta lo suficiente.
Nada nos duele demasiado.
Nada nos quiere tanto.
Nada importa,
y todo fluye, pasajero.

Bueno, todo menos una pregunta:
¿Y si el siguiente es todavía mejor?

Mi leitmotiv

Si esto fuera una película, ellos serían mi leitmotiv: presentes en cada plano, recurrentes en cada escena, protagonistas de cada trama, dando sentido a todo lo demás.

Nosotros, los que nunca fuimos

Dicen que hay un momento,
justo antes de ser,
en el que todo sigue intacto.

El beso que no dimos,
la historia que no empezó,
la vida que casi.

Dicen que los artistas viven por nosotros
lo que no nos atrevemos a tocar,
que pierden para que otros ganemos,
que su condena es entregarse
hasta que no quede nada.

Nosotros, en cambio, coleccionamos certezas,
les ponemos nombres, les damos horarios,
les alquilamos una casa con vistas al miedo.

Queremos que todo encaje,
que el amor venga con garantía,
que la vida sea perfecta
como una casa de revista
con su cocina de diseño
y su tristeza disfrazada de domingo.

Pero a veces,
cuando el mundo no nos mira,
el artista que enterramos nos despierta,
nos arrastra al borde del abismo
y nos pregunta, casi en un susurro:

¿Y si saltamos?