Dice Bauman
que corren tiempos líquidos,
y eso parece.
Todo se desliza entre los dedos:
frágil, volátil, enfermizo,
como un día con demasiada prisa por caer al vacío.
Nos enamoramos por inercia,
y nos desenamoramos por pereza.
Amamos la velocidad,
y follamos como quien hace la compra.
Luego nos largamos, sin hacer ruido,
antes de desayunar.
Dice Bauman
que el compromiso pesa demasiado,
que somos una sociedad inmadura,
como la resaca de una noche que ya no recuerdas.
Y saltamos de chat en chat,
coleccionando historias cortas
y olvidos rápidos.
Relaciones de usar y tirar,
como un cigarro entre cuatro,
como un polvo sin nombres,
como un “Eres especial y te quiero,
pero no estoy preparado”.
Dice Bauman, sí.
Pero el vacío nos llena a todos.
Esa maldita sed insaciable
por una notificación más.
Tan líquidos,
que nos volvemos transparentes.
Nada nos afecta lo suficiente.
Nada nos duele demasiado.
Nada nos quiere tanto.
Nada importa,
y todo fluye, pasajero.
Bueno, todo menos una pregunta:
¿Y si el siguiente es todavía mejor?