Maldita estrella

Eras una maldita estrella,
brillante, lejana,
ardiente, peligrosa.

Me calentaste la vida, sí,
pero al final, demasiado cerca,
ardí como un imbécil
que cree que el fuego se puede besar.

Me quemé los labios,
las manos,
los sueños.

Hasta lograr alejarme,
a trompicones,
con el humo tóxico en los pulmones
y la vida hecha cenizas.

Me consumiste.
No se abraza una estrella,
se contempla.
Es imposible arder 
y respirar a la vez.