Os voy a contar una historia
que pasó hace unos meses
estando yo festejando
la unión sagrada de dos personas
que ya viven muy lejos.
La noche estaba yendo genial
miles de personas volando
alrededor mío
los vasos de mil grados
se bebían en un segundo
pero todo se fue a la mierda:
una ladrona y un ladrón me robaron
las tarjetas y el smartphone.
Eran las cinco de la mañana
ya no necesitaba piernas
para moverme
y me largué del concierto
a por más combustible.
La tienda de campaña
estaba abierta
todo por el suelo
había pasado una manada de elefantes
por una tienda quechua de tres.
Tuve que denunciarlo
a los organizadores
personas comprensivas
que me explicaron
que nada recuperaría.
La noche estaba yendo genial
miles de personas volando
alrededor mío
los vasos de mil grados
se bebían en un segundo
pero todo se fue a la mierda:
una ladrona y un ladrón me robaron
las tarjetas y el smartphone.
Me llevaron a dos bunkers cercanos
la guardia civil recogía los datos
dos mil o más en cola guardaban silencio
a la espera de su turno y poder denunciar
la falta seguro de algún objeto personal.
Mi turno llegó. ¿Es este tu móvil?
preguntó el más íntegro de todos.
No. Contesté. El mío era negro.
Una montaña de móviles ante mi ojos
borrachos y somnolientos.
¡Los han pillado! Grita uno.
¡Que los lapiden! Otro.
Tienen tus pertenencias. Me dicen.
Alzo la vista y veo a dos mozuelos
escoltados mirando al suelo.
En la comisaría escribo la denuncia
a falta de ordenadores, luz y letrados
policías que conozcan el abc.
¡No soy duro! Vi lo que os digo.
¡En aquel edificio reinaba el bizco!
La noche estaba yendo genial
miles de personas volando
alrededor mío
los vasos de mil grados
se bebían en un segundo
pero todo se fue a la mierda:
una ladrona y un ladrón me robaron
las tarjetas y el smartphone.
Recuperé las tarjetas y mis gafas queridas.
Conocí más borrachos que yo.
Volví en autobús a la tienda de campaña.
La locura se apodera de todo aquel
que pone un pie en la playa de burriana.
Burriana