patinamos, persiguiendo espejismos de lo que creemos ser.
Somos lo que los demás piensan,
sombras en sus mentes,
formas moldeadas por sus deseos y miedos.
Pero también somos lo que mostramos,
fachadas sonrientes y perfectas.
Máscaras de piel, escudos brillantes bajo el foco de la multitud.
Y en el silencio de la noche, solos,
luchamos contra lo que realmente somos. Un tumulto de pensamientos, deseos y dolores, mucho más complejos de lo que nos permitimos ser.
Al final, nadie, realmente, conoce a nadie. Tan solo interpretamos imágenes que se nos acumulan en el inconsciente,
papeles secundarios en el gran teatro de la vida.
Las paredes oyen nuestras risas verdaderas y llantos profundos,
testigos silenciosos de nuestras batallas internas.
En el amor, somos vulnerables, idealizamos y sufrimos. Por eso, abrimos puertas traseras, para no permitir que nunca más nadie camine sobre nuestros secretos.
Compartimos lo que no nos importa, y olvidamos rápido aquello que igual de rápido vino y se fue.
Si es verdad que la vida es un baile entre lo que se ve y lo que se oculta,
un juego de espejos donde la verdad se enamora de la mentira, bailemos por la honestidad brutal,
por la belleza sin posturas,
por ser nosotros, sin lista de errores ni precio al acierto. Y sigamos preguntándonos:
¿quién soy en este loco universo?