Hoy, muchos podrían irse a la cama con cualquiera que les calentara lo suficiente, pasar una buena noche y largarse a la mañana siguiente, cada uno por su lado, con una sonrisa colgando de sus labios. Pero quizás no sea ese el desnudo que más nos conviene. No el de la piel, sino el otro, el que realmente jode: el desnudo emocional.
Hablo de mostrarse tal cual uno es, sin caretas ni silencios. Ni caras bonitas en torsos desnudos que eclipsan la mediocridad. Porque podrías inventarte cualquier historia, montarte una fantasía mientras te revuelcas desnudo, y sería excitante, pero al final no sería real, porque no es sostenible en el tiempo. Puedes vivir en una puta mentira, pero te vas a joder la vida.
La solución es abrirse a los demás. Pero ojo, no hablo de ir llorando por las esquinas buscando que te escuchen sin consuelo en un bucle infinito. Eso es otra cosa, diría que mucho peor. Hablo del intercambio de palabras, de recitarle al mundo ese montón de palabras que proteges con tu vida. Que te vean, que te lean donde te duele, que sepan por qué te duele y cuánto te ha costado llegar hasta ahí. Que sepan a qué te abrazas cuando nadie te ve.
Yo mismo pasé por eso hace unos meses. Llevaba años guardando palabras bañadas en oro, acumulándolas como muebles viejos en el trastero, hasta que decidí vaciarlo. Mudarme a un nuevo lugar, con paredes transparentes y vistas al maldito mundo.
Y lo hice. Joder si lo hice, y tengo que reconocer que me fue bien. Encontré algo de paz. Dormí mejor. Y, por fin, con el trastero vacío, pude vivir desnudo.