Hecha de virutas ilusas

Aunque no he visitado la otra punta del planeta, ni viajado a la luna, ni conocido a todas las personas que habitan este mundo, tengo la sensación de haberlo visto ya todo. Es una idea que ocupa mi mente con firmeza, como la lluvia en agosto.

Siento que, si lo único que hiciera a partir de ahora fuera sentarme en esta silla de madera prestada, inclinándome ligeramente hacia atrás, no me perdería absolutamente nada. Solo escuchar sus crujidos y esperar.

Esta sensación, por extraña que resulte, no es resignación, ni amargura. No son faltas de vivir. Simplemente, la vida no es inesperada. Conozco el giro en la siguiente esquina y su sorpresa. Es una encrucijada: el movimiento no promete revelaciones nuevas, así que mejor no me agoto.

He caminado por las calles de algunas ciudades, llenas de gente replicada y ruidos repetidos; otras, tranquilas y silenciosas, también han sido imprimidas. He visto rostros de muchas formas, colores y expresiones, pero pasaron por mi vida como pasa el calendario.

¿Me he cansado incluso de la novedad? Pensaba que era imposible aborrecer lo infinito, aburrirse del horizonte. ¿Es el mundo finito o es, quizás, mi percepción la que se ha vuelto perezosa porque se ha agotado su paciencia?

Mientras, escucho los sonidos del mundo exterior. El viento sopla desde el oeste, haciendo que las hojas de los árboles susurren entre sí. Un pájaro canta, y otro le responde que se calle que quiere dormir. A lo lejos, el murmullo metálico de la ciudad sigue constante.

He leído que es utópico aspirar a la felicidad, que es mucho más sincero y realista alcanzar la serenidad. La felicidad tiene naturaleza efímera y caprichosa. La serenidad, en cambio, es leal y más discreta. La felicidad no se acepta, llega. La serenidad, sí. 

Y es en este estado de quietud, sentado en esta silla de madera prestada, hecha de virutas ilusas, donde me encuentro sereno, esperando, con suerte, algún día, a ser descubierto.