Vida desenfocada

Siento, y cada vez con más certeza, que he vivido hasta ahora una vida en un caleidoscopio roto.

Me explico: ¿han sentido alguna vez el atropello de las lentes, ese instante en que un óptico alquimista te introduce la cara en esa máquina que parece una tortura kubrickiana, y un objeto nebuloso —un espectro de casa, una pelota de playa— flota a lo lejos, irreconocible? Luego, con movimientos de prestidigitador, cambia y vuelve a cambiar las lentes, hasta que la bruma se condensa en nitidez y aquel objeto absurdo se vuelve real, tangible, capaz de volverse aire o recuerdo.

Pues así siento que he vivido, con mi vida hecha de niebla, desenfocada, borrosa. Y ahora, tras un remolino de decisiones y fracasos, de piezas que no encajaban, he conseguido que el horizonte, por fin, estalle en formas claras; que aquello que antes era incertidumbre se dibuje en líneas precisas, de contornos afilados, como si el mundo mismo hubiera decidido, de pronto, hacerse nítido, y al fin, encajarme en él.

Amar y que te amen

Hay una obsesión, una fiebre, un frenesí colectivo por encontrar a alguien que nos quiera, como si el afecto ajeno fuese un boleto de lotería o un salvoconducto a la eternidad. Pero me parece un error descomunal, un despropósito sideral. 

Lo mismo querer a alguien que no te quiere: un desgaste brutal, un nadar contracorriente en un océano de espejismos, un esfuerzo hercúleo que nunca recibirá laureles.

¿Y quererse a uno mismo? ¡Qué fantasía sin coristas ni fuegos artificiales! ¡Qué alivio tan insólito y sanador! Imaginen: amarse a sí mismo como un rito secreto, una liturgia privada. Sería un alivio cósmico, un bálsamo para el alma.

Pero, ¿qué dirían si les contara que ni el amor propio ni el ajeno tienen la textura del paraíso? ¿Que ninguno de esos estados es celestial? Me da por pensar —y puede que me equivoque, o no— que la verdadera magia ocurre cuando uno quiere y, ¡oh maravilla!, además lo quieren de vuelta. No confundan esto con el juego de ser pareja, no. Las relaciones a menudo son un teatro donde uno ama y el otro solo se deja amar, como una planta que absorbe la luz sin devolver la mirada.

Yo hablo de otra cosa, de una sincronía rara y milagrosa: querer con todo el cuerpo, el alma, la lengua, y recibir a cambio el mismo vértigo. Amar con los ojos vendados y ser correspondido con idéntico fervor. ¿Es mucho pedir? ¿No es un anhelo legítimo, una utopía por la que vale la pena desvivirse?

Y así me encuentro en esta búsqueda que casi parece un acto de fe, una travesía hacia lo imposible. Una búsqueda tan llena de esperanza que, aunque a veces queme, siempre da calor.

Tu hermoso silencio

He estado toda la noche tarareando tu maldita canción.
¿No la oyes?
¿Vas a venir?
No importa, aquí me quedo, aferrado a tu silencio,
ese silencio jodidamente hermoso.

He estado toda la noche repitiendo tu nombre,
como un loco, como un idiota.
¿No lo oyes?
¿Vienes o seguimos jugando?
Hasta que te decidas, seguiré aquí, abrazado a tu silencio,
ese silencio que, por ahora, es lo único tuyo que me acompaña.