Vida desenfocada

Siento, y cada vez con más certeza, que he vivido hasta ahora una vida en un caleidoscopio roto.

Me explico: ¿han sentido alguna vez el atropello de las lentes, ese instante en que un óptico alquimista te introduce la cara en esa máquina que parece una tortura kubrickiana, y un objeto nebuloso —un espectro de casa, una pelota de playa— flota a lo lejos, irreconocible? Luego, con movimientos de prestidigitador, cambia y vuelve a cambiar las lentes, hasta que la bruma se condensa en nitidez y aquel objeto absurdo se vuelve real, tangible, capaz de volverse aire o recuerdo.

Pues así siento que he vivido, con mi vida hecha de niebla, desenfocada, borrosa. Y ahora, tras un remolino de decisiones y fracasos, de piezas que no encajaban, he conseguido que el horizonte, por fin, estalle en formas claras; que aquello que antes era incertidumbre se dibuje en líneas precisas, de contornos afilados, como si el mundo mismo hubiera decidido, de pronto, hacerse nítido, y al fin, encajarme en él.