salí, bebí, bailé
y respondí con gracia
a esas miradas furtivas
que solo se regalan de noche.
También hablé, sí.
Ya sabes que me encanta hacerlo,
pero esta vez aguanté, y no fue de ti.
Besé, y me besaron.
Toqué, y me tocaron.
Disfruté.
Cansado, volví a casa,
a la fría quietud, solo,
con el miedo de oír tu voz
e imaginar tu cara
en el espejo del ascensor.
Lo intenté, pero fracasé:
la caída fue tan inevitable
como tu gravedad deformando mi luz.
Así que caí. Volví a caer,
y volví a ti, al deseo,
a tu cuerpo,
con el peso de la piedra
que se aferra
a la tierra que ama.