Besos cuánticos

Si es verdad que la realidad no es más que el eco de lo soñado, todo beso que merece ser besado existe primero como una posibilidad que se insinúa en el laberinto de los pensamientos.

Sin embargo, hay besos que, al pensarlos, se desvanecen en una penumbra. Quizás porque la mente no está preparada y teme a la incertidumbre, o porque el subconsciente los detiene por razones que no alcanzamos a comprender.

Por otro lado, hay besos que sí funcionan, como si fueran círculos perfectos trazados al azar en el aire, como si las bocas conocieran un secreto que los cuerpos aún ignoran.

Tú eres el destino de esos besos, el punto final en la arquitectura imposible de mi pensamiento. Nos besamos con una familiaridad que desafía la lógica, como si el tiempo nos hubiera permitido ensayar ese gesto en vidas pasadas, en alguna variante de esta biblioteca infinita de posibilidades.

Aunque, quizás, no sea más que un artificio tejido por el deseo de hacer tangible lo irreal. Tal vez nunca llegue a ocurrir, y esta losa que gravita sobre mi fantasía no sea más que el espejo inevitable del fracaso.

Lo único cierto es que imaginarte no es un acto trivial. Es un deseo que me agita constantemente, como si al pensarme entre tus labios estuviera esculpiendo en piedra un sueño que espero que leas.

Y tal vez, solo tal vez, el acto de imaginarte sea suficiente para que ese beso me suceda, para convocarte a la reunión de nuestras bocas. Porque quizás, solo quizás, sea yo, esta copia que habito, el afortunado que te bese, mientras mis otros yos, en sus otros universos, felices por mí, te siguen soñando.