Si tú

Si pensaras en mí con el ardor que yo pienso en ti, cada esquina se volvería un encuentro, en el eclipse de nuestros cuerpos. Mil tropiezos imposibles, donde nuestros pasos se retuercen para seguir el mismo camino.

He dejado de pensar en ti

He dejado de pensar en ti.
No fue un acto heroico ni una decisión precisa; apenas fue voluntario, el hilo se tensó tanto que reventó.

He dejado de pensar en ti, en tu cuerpo de selfie, en esa boca tuya que se traga todo mi aire, como si yo fuera el oxígeno en medio de tu incendio.

He dejado de caer, como la lluvia inoportuna que te moja el pelo de camino al trabajo.

Te he despegado de mi sombra, desatornillado del peso de las ideas que todavía me caminan por dentro.

He dejado de pensar en ti: ya no luxas mi deseo, ni manipulas mis huesos como una marioneta esperando su función.

He dejado de escribir.

Vida desenfocada

Siento, y cada vez con más certeza, que he vivido hasta ahora una vida en un caleidoscopio roto.

Me explico: ¿han sentido alguna vez el atropello de las lentes, ese instante en que un óptico alquimista te introduce la cara en esa máquina que parece una tortura kubrickiana, y un objeto nebuloso —un espectro de casa, una pelota de playa— flota a lo lejos, irreconocible? Luego, con movimientos de prestidigitador, cambia y vuelve a cambiar las lentes, hasta que la bruma se condensa en nitidez y aquel objeto absurdo se vuelve real, tangible, capaz de volverse aire o recuerdo.

Pues así siento que he vivido, con mi vida hecha de niebla, desenfocada, borrosa. Y ahora, tras un remolino de decisiones y fracasos, de piezas que no encajaban, he conseguido que el horizonte, por fin, estalle en formas claras; que aquello que antes era incertidumbre se dibuje en líneas precisas, de contornos afilados, como si el mundo mismo hubiera decidido, de pronto, hacerse nítido, y al fin, encajarme en él.