Tu carta todavía no la tengo escrita,
puse el candado en todas tus salidas.
Sin despedidas ceremoniosas
no se asumen las viejas cicatrices
que, con tu divina y pecaminosa
presencia, en mi alma reabriste.

Pretendo que estés advertida,
incontables tumbas repetidas.
Tu inocente predisposición
siembra el infierno de desconsuelos
abonados al lastre del perdón,
regimiento solitario de mi cielo.

Qué altruistas son tus labios mojados,
fina personificación de tu encanto.
Pero mi alma, sucia y sosegada, planta
un nuevo crisantemo en el cementerio
y te entierra viva pero liberada
junto a una carta que reza:

- Muere una vez más.


Muere una vez más