Muérdeme

Muérdeme.
Muérdeme la duda,
el ego,
la noche.

Muérdeme el miedo
y la boca.

Muérdeme el rincón donde me escondo.
Muérdeme lento,
sin permiso.

Muérdeme el verso.
Ese donde te pienso.

Que a veces el amor
también entra por la herida.

Desayuno caníbal

Con ganas de que me quites
las telarañas del paladar.
De que me devuelvas el sabor,
la saliva, el vértigo.
De que me beses con hambre.
De que me arranques el bostezo
y me devuelvas el verbo: gemir.

No pido flores, ni promesas.
Solo un beso hambriento,
una lengua traviesa, una cama deshecha,
un desayuno caníbal
de piel y alma.

Maldita estrella

Eras una maldita estrella,
brillante, lejana,
ardiente, peligrosa.

Me calentaste la vida, sí,
pero al final, demasiado cerca,
ardí como un imbécil
que cree que el fuego se puede besar.

Me quemé los labios,
las manos,
los sueños.

Hasta lograr alejarme,
a trompicones,
con el humo tóxico en los pulmones
y la vida hecha cenizas.

Me consumiste.
No se abraza una estrella,
se contempla.
Es imposible arder 
y respirar a la vez.