No quedó más que sol,
el cabrón cegador que enloqueció de amor.
Seguro que sigues bordando mi nombre,
yo, sin embargo, regalo recuerdos en tu honor.

Me doy cuenta de lo que querías de mí
buscando ese primer amor que nunca desapareció.
Me temo que tus últimas iras sólo buscaban
crucificarme en la cruz de tu canción despechada.

Ahora que te busco de vez en cuando
intentando que me devuelvas lo que te di
tú no quieres mover ni la mente ni el cuerpo
te entiendo, tu alma gemela regresó al yo partir.

Te confieso que ya sólo confío en la luna,
ésa es mi única e immensa fortuna.
La que no se pone en las madrugadas alcoholizadas,
la que me espera con su risa bonita y fresca.

Mi niña bonita la que llora sin insultar,
la que bebe de mí sin agotarme,
la que me exige sin pedir nada,
la única que suma días sin tachar.

Y no queda más que la luna:
cuna de oro donde durmió mi amor.
Últimamente me acuerdo mucho más de su nombre,
ella, sin embargo, nunca se olvidó.


No me queda más que luna