No estoy alegre,
sino más bien triste
por la suerte que corrió mi pene
al comer del alpiste
que sólo una puta te ofrece
cuando la luna ayuda pero no asiste.
Me volví su crupier
y le repartí las mejores cartas
que sus deditos pudieran sostener.
Hasta que sonó la alarma
y puso en su portaretrato la foto de carnet
que sacó de un bolsillito del pantalón de su vida privada.

Y así fue como agoté
el poco crédito que me quedaba
con una boliviana de Aranjuez.
La prueba no la encontraréis en las palabras
ya grabadas que pernoctan en mi immadurez,
sino en los tiempos que como vinos sin crianza
se acostaron a menudo con lo más fresco de mi insatisfecho placer:
una abuso defendido por la vida del momento macabra;
un relato de mis amoríos donde sin ser Casanova ni Montequieu,
adorné mi libertad nocturna con sonrisas y despechadas.

Mi puta de Aquiles
debe irse,
y me deja sin tratamientos
contra todos los cuentos
que una vez conté.


Mi puta de Aquiles