Poco después me sorprende diciéndome: ¿eres tímido? Sí, aunque depende de la situación, le digo. Ahora es ella la que sonríe y todavía sonriente me dice: me tengo que ir a clase, a las nueve empiezo, ¿no me vas a dar un beso? Entonces opto por reclinarme hacia delante con mi brazo rodeando el reposacabezas de su asiento y la beso y ella me besa y cuando acaba me susurra: me tengo que ir, y mientras me besa añade: te doy mi número del móvil y haces lo que quieras. Si me quieres llamar me llamas y si no pues nada. Me lo he pasado muy bien. Se baja del coche y cargada con la carpeta y un bolso muy grande camina a través del parking.
Me he quedado solo, ni siquiera la luna se ha dignado a quedarse conmigo un ratito más.
Vuelvo a tumbarme en el asiento, esta vez con los ojos cerrados pues ya no tengo que fingir nada. Renacen otra vez en mi cabeza las ideas de antes y me administro, como acostumbro, mil dosis de placebo que por desgracia sólo me satisfarán momentáneamente.
Luna roja