Me tomo un respiro y vuelvo al interior del coche. Me ha empezado a acariciar la palma de mi mano. Estás caliente, me dice mientras intenta que la mire a los ojos y vuelvo a contestar con una sonrisa, esta vez no estaba calculada. Entonces empieza a hablarme de su familia: ella es la menor de cuatro hermanas. La mayor ya está viviendo fuera de casa y en su casa viven ella, sus dos hermanas con sus dos novios y la madre, el padre murió hace unos pocos años. Mientras me lo cuenta se envuelve de una capita muy fina de ternura y me siento en deuda con ella. Es una sensación extraña que no había tenido, tan pronto, con nadie. Es extraño que apenas a cuatro horas de haberla conocido me esté abriendo su corazón de esa manera.
Poco después me sorprende diciéndome: ¿eres tímido? Sí, aunque depende de la situación, le digo. Ahora es ella la que sonríe y todavía sonriente me dice: me tengo que ir a clase, a las nueve empiezo, ¿no me vas a dar un beso? Entonces opto por reclinarme hacia delante con mi brazo rodeando el reposacabezas de su asiento y la beso y ella me besa y cuando acaba me susurra: me tengo que ir, y mientras me besa añade: te doy mi número del móvil y haces lo que quieras. Si me quieres llamar me llamas y si no pues nada. Me lo he pasado muy bien. Se baja del coche y cargada con la carpeta y un bolso muy grande camina a través del parking.

Me he quedado solo, ni siquiera la luna se ha dignado a quedarse conmigo un ratito más.
Vuelvo a tumbarme en el asiento, esta vez con los ojos cerrados pues ya no tengo que fingir nada. Renacen otra vez en mi cabeza las ideas de antes y me administro, como acostumbro, mil dosis de placebo que por desgracia sólo me satisfarán momentáneamente.


Luna roja