Son las ocho de la mañana. Con los respaldos hacia atrás, casi horizontales, me esfuerzo en echarle el último vistazo a esa luna roja que se esconde tras los tejados del edificio de la universidad.
A pesar de mi poco interés en mirar otra cosa que no sea la luna, tengo que decir que estoy acompañado. Ella está tumbada, con su cuerpecito apoyado sobro el hombro izquierdo. Me habla, pues creo oírla a lo lejos, pero no escucho, me es muy difícil atender a alguien cuando la luna es tan bonita. Ella sigue hablando y a intervalos muy calculados le suelto una sonrisa para que no se sienta tan sola. Me dice que río mucho. Tiene razón, el mundo me hace gracia, y es una gracia que precede al miedo, a mi miedo, al miedo de todos. Miedo que como en el ejemplo de las peonzas sería cuerda e impulso. Todo es tan ridículo, por eso me río.

No he dejado de analizarla, se nota que es de barrio, toda ella rebosa acento del sur: un deje andaluz que inunda cualquier gesto, palabra o frase inacabada. Sigo analizándola y pienso en su inseguridad, en el miedo que contrae y dilata de tantas maneras a todo cuanto nos rodea. No me gusta generalizar pero lo he vuelto a hacer. ¡Qué más dará! nadie me oye, sólo son pensamientos y son las ocho de la mañana, un buen momento para dejarse llevar.
Pienso en los chavales de mi generación y los divido en dos grandes grupos. - Ella sigue hablando -. Los reparto a todos en dos hemisferios: Los del hemisferio sur tendrán padres inmigrantes, en el otro hemisferio coloco a los restantes. Las ideas se van reproduciendo. Me excito y ya no hay quien me pare. Cómo por ser de un hemisferio u otro la inseguridad se manifiesta en ellos. Los del sur crecieron en barrios, en sus calles, en sus parques. Todos tuvieron un "bar de abajo" donde un familiar se emborrachaba hasta perder el control. Todos tuvieron una primera pelea; una primera calada de porro en la calle, nunca en casa de nadie, siempre en la calle. Fueron a colegios públicos donde el conserje era el mejor amigo que se podía tener. Colegios con porterías que formaban con jerseys y chaquetas heredados de un hermano mayor o, en su defecto, de un primo. Todos tienen algún familiar paleta y la mayoría de sus nombres son bíblicos. Los del hemisferio sur tienen todo eso en común y una de sus consecuencias más destacables es su inseguridad social que provoca una susceptibilidad intimidatoria ante cualquier persona, animal o cosa que se les acerca. Otro dato a destacar es que todos llevan tatuado en el pecho "la vida es dura", un frase que oyeron incesantemente, sin pestañeo alguno, en boca de familiares, profesores, amigos, vecinos, quiosqueros, etc. En definitiva, una frase que se ha prostituído hasta la saciedad y como resultado tenemos que soportar a demasiado hijo bastardo.


Luna roja