Soy feminista hasta la médula. No lo soy porque sí, sinó porque soy de los que creen que es mucho mejor estar al lado del fuerte en toda guerra. No estoy a favor de las guerras pero ésta es ineludible, y por eso me declaro ferviente admirador de la mujer, ya que todos hemos de colocarnos en un bando u otro.
He llegado a esta conclusión y no es consecuencia de haber estado noches en vela pensando hacia donde va el mundo, sinó que, simplemente, viendo lo que pasa a mi alrededor me doy cuenta que la mujer reinará los siglos venideros, y ésto ocurrirá si no se cruza, otra vez, algún movimiento político-religioso que nos vuelva a encerrar a todos en la moralidad mil años más.

La mujer ya ha despertado, y, poco a poco, va conociendo sus posibilidades. Al hombre sólo le queda adaptarse a esa nueva situación.
La mujer siempre ha sido más capaz que el hombre pero es ahora cuando se le reconoce dicha virtud y este cambio le abre a la mujer una abanico infinito de colores para pintar a su gusto el mundo. Solamente hay algo que los hombres podamos hacer: satifacerlas, es decir, y teniendo en cuenta que la mujer con el tiempo no necesitará al hombre ni siquiera para procrear, conocer sus puntos y saber explotarlos hasta convencerla de que el éxtasis, que inunda sus sentidos, no podría haberlo alcanzado sola, ni con artilugios de plástico.

En definitiva, la mujer ha cambiado y el hombre debe hacerlo; debe adaptarse a lo que le viene encima. No será fácil, hombres del mundo entre los que me incluyo, pero es inevitable. A todo aquel hombre que no acepte la situación sólo tengo una cosa que decirle: "Acéptalo o tendrás que consolarte con el amor del que habla el Sr. Punset, el de las células, claro.


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