Las bocacalles hablan con los desconocidos
y no desprecian a los recién llegados
por dinero que tú nunca ganarás.
Las aceras amontonan muchos más zapatos
de los que tus pequeños pies
conseguirán estropear en tu pequeña vida.

Siéntete insignificante.
No eres más que polvo debajo de otros zapatos.

Las paradas de autobús no te eligirán
por tener más cicatrices en el cuerpo,
ni por bañarte en lágrimas cuando te sientes solo.
Los escaparates no se disfrazarán con los colores
que te describen al cruzar tu puerta principal,
cuando la vida se recoge y te define de verdad.

Me siento tan mediocre.
Soy una polvareda que predica sin viento.

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Un enema de individualismo
que se aplica directamente
sobre la herida sangrante.
Una burbuja de ingratitud,
cómoda e insensible, que
camufla voluntad y alma.

No me hables de codicia,
tú que sólo te rodeas
de necesidades ajenas.
No me vengas con engaños,
tú que te ríes de la amistad
con tu amante.
Sigue su camino, quizás encuentres casa.

No te atrevas a hablarme de amores;
háblame mejor de egoísmo.


De calles y egoísmos