Se entrega a mí como si ésta fuera su última oportunidad de verme a su lado,

de sentirme tan cerca como para agarrarme una

mano y no dejar que me vaya.

Capaz de decirme que me quiere, que me necesita, que quiere volver a encontrarse conmigo.

No dudo que le tienta prometerme que va a cambiar,

que todo cuánto me hizo daño no volverá sino en forma de recuerdo,

pero sabe que odio las promesas.

Que todo lo que me pueda prometer ya me lo prometieron una vez con final triste.

Así que no dudes en decirme aquéllo que puedas cumplir,

todo aquéllo que se pueda ver en un solo día,

todo aquéllo que se pueda vivir en un sólo segundo.


En ese momento te lo pongo un poco difícil dejandote hablar con la mirada perdida en el horizonte como buscando entre tus pensamientos esa llave que me abra de una vez y me haga acercarme a ti.

Yo mientras tanto sigo con mi cara empachada de tanto amor fracasado, harta de ver como la historia se repite.

Tan tontos somos como para caer una y otra vez siempre en los mismos errores.

Tan iluso soy para volver a creer en algo que me ha fallado tantas veces.

Tan soñador como para soñar en días eternos y amores perennes.

Y entonces me doy cuenta de que el corazón necesita perder para encontrarse después,

y como leyendo mis pensamientos te pones a llorar y me das un abrazo, alargando tus brazos hacia el asiento del conductor.

Eso a mí me vuelve loco, metiéndome de lleno en tu mundo,

y entiendo que ya no hay vuelta atrás, que lo qué ahora necesito es dejarme llevar, notando algo innegable dentro de mí.

El primer beso nos hace empezar a escribir de cero en ese libro, tan cruel como hermoso, nuestra nueva historia de amor


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