Días tristes, días grises...a todos aquellos que olvidamos ser para pretender por un tiempo...
Si no miré, ya no imagino.
Si no hablé, ya no me invento.
Si no caminé, hoy camino.

Me dejé de mirar al girar la esquina de la adolescencia y
me olvidé de las canicas, los conejos de la suerte y las divisiones con decimales.
Me olvidé de soñar, de vivir los amaneceres, de sentir el abrazo familiar.
Me olvidé de pedir perdón, de jugar al perdedor, de insultar con algodón.
Me olvidé de prestar atención al duelo entre la realidad y mi virginidad.
Me olvidé de los patios con coros, de los mensajes con papeles, de correr por correr.
Me olvidé de mis ilusiones caseras que siempre eran perfectas dentro del mundo que me inventaba en un metro cuadrado de mi habitación.
Me olvidé de no aburrirme con la magia, con la fantasía.

Me olvidé para arreglarme una mañana de setiembre y empezar a andar, sin caminar, por el camino de las drogas, el beso de judas y los algoritmos humanos.
Me olvidé de hacer caso a la razón, de tener presente la voz del cuidado,
que reprimía con cada noche, con cada día, con cada nuevo grado.
Me olvidé de hablar y me puse a reivindicar los gritos de alguien, lloros sin dueño.
Me olvidé de mí en un margen del camino y así poder vivir el sueño de mi noche de verano. Esos sueños con final espinoso, esos sueños que vives y no inventas.

Miro hacia atrás, recorto mis recuerdos de sueños oxidados y
entierro para siempre los miedos frágiles de la adolescencia.

Ser consciente del presente. Entender que todo no es tan urgente.
Vivir para sufrir y después disfrutar de cada brochazo a la sombra de picasso.
Hoy, subiendo escaleras peldaño a peldaño, poder presumir que una vez se dejó de correr para empezar a vivir.


Ilusiones caseras