El ojo roto del oso peleón
Una buena estación lluviosa te moja seguro
no quisiera parecer tan obvio pero es así como me siento ahora.
Tan obvio que ni siquiera me paro a pensar que será de mí cuando la estación lluviosa no pare jamás.
Tan obvio que la lluvia ya no puede mojarme más.
Tan obvio que mis palabras se leen antes de escribirlas.
Quizás quieras convencerme de algo, mientras, noto que los latidos
ya ni siquiera caminan en sentido al corazón.
El humor ya está cansado de recibir el olor a quemado de la madrugada soleada del rincón de unos labios lejanos, en alta mar, dónde no llueve nunca.
Allí no hay nubes que quieran joderme la noche de verano.
Allí todo es tan poco obvio que nada surge ni muere sin el consentimiento del azar.
Parece que he vuelto a escribir y me río de mi mismo mientras enlazo las palabras para que traduzcan lo que mis pensamientos cifran siempre.
El otro día me hice preguntas sin cesar
y el vuelo de los pájaros me contestó siempre que no.
El otro día me hice preguntas sin cesar
y, aunque los pájaros ya volaron lejos, supe que no.
Quizás mañana cambie de estación,
quizás mañana la lluvia la note más que nunca.
Por si acaso yo seguiré hacia ningún lado
que pueden hacerme unas cuantas lágrimas cuando
aquí en mi cielo, está siempre lloviendo.
Ya la noto otra vez,
la estación es demasiado lluviosa para andar cogidos de la mano por la calle. Podrías darle gracias a la rutina que esconde cualquier taza de café
por esforzarse tanto en atar y silenciar para vos tantos besos cautivos
que se me escapan de la boca para acabar aplastándose en la cada vez más cuotidiana nada.
Siempre acaba igual, dos horas después de encender la llama del amor
viene la naturaleza y te lo quita todo.
- Te encuentro raro. (Me dices mientras hablamos a mil kilómetros de cualquier fuego)
- Claro (Me digo a mí mismo) estoy raro, pero no contigo, sino conmigo mismo. Me he descuidado tanto de mí que soy el desconocido número uno de mis sentidos.
Preguntas y más preguntas sin contestar.
La inocencia se fue tan lejos que ya ni siquiera le puedo echar la culpa de nada.
Cómo la historia de aquel niño que murió incluso antes de conocer a la nada.
La sinopsis dice así:
El niño juguetón murió ayer por la noche
mientras le arrancaba los ojos a su oso peleón
Nunca más podrá volver a casa cogido de la mano por las calles de Imaginación.
Ya no sabe de dónde vino.Ya no sabe de dónde salen sus grititos.
La rueda le aplastó, se esfumó su cara bonita
se murieron sus motivos sin sentido de cara a unos padres
que nunca estuvieron donde tuvieron que estar.
No le queda más que un céntimo para pasar
y jura que se lo jugará todo a una sola puesta de sol.
Qué puede perder alguien a quien no le dieron la oportunidad de ganar.
Qué puedes perder cuando siempre juegan por ti la partida de tu vida.
Las razones son tan relativas que mueren siempre al abordaje de la lógica más aplastante.
Adiós, dice adiós mientras mira atrás
porque sólo le enseñaron a mirar hacia atrás.
Otra vida más que se va por donde vino.
Y después de todo aún me viene a la cabeza
el vuelo de aquellos malditos pájaros
que sólo se reían de lo que yo encontraba gracioso.
Que sólo contestaban que no cuando yo les daba mi aprobación.
Maldita sea la sinceridad de los pájaros
El ojo roto del oso peleón