Tú te enrocas.
Yo ya me muero en el silencio de mi verdad.

Fascinado por el encanto de una buena esperanza para almorzar,
mantengo la virtud de esa triste sonrisa sin rechistar.
Encantado por el género humano que, sin virtud de consolar,
nos conmueve con esa alegría redentora del huracán voluntad.
Fallezco mientras me entretengo con mi hermana la soledad.
En un minuto mi consuelo se vuelve libertad.


Ya que nunca antes fue necesario salir de las sombras,
para qué vas a destruir hoy, el poco protagonismo familiar que te ganaste.
No lo malgastes en abroncarme por llegar con dos horas de más.
No me ladres esas horas virginales que me barres con maldad.

Qué decir...el cordero con piel de lobo tuvo la necesidad
De roer el biberón del cariño, del ‘a las 10 a acostar’.
Qué decir cuando el reloj coge tanta importancia bañada en la ignorancia
del que sufre y nunca encuentra palabras en el paladar.
Qué decir…cuando con los años te has convertido en mi ladrón preferido,
Siempre robándome el sentido con tu manera de no hablar.

Fue preciso, siempre con alboroto, para tu trono dibujado a ojo,
arrancarme el respeto de la puerta cerrada de cualquier habitación.
Vaciaste el corazón para sentirte el rey de tu reino destruido
que con mi madurez ya hace tiempo que has perdido.

Que desventuras…que guerras tan mal llevadas por este aprendiz de soñador,
que con cada nueva voz en alto ingresaba en ese hospital de los fracasos.
En el que ingresan, tan jóvenes y tan viejos, los que sufren la molestia
de esa garrapata tan nuestra, llamada mediocridad.

Qué más dará todo lo demás yo me quedo con una frase, con esta verdad:
Eres mucho más de lo que piensas, mucho menos de lo que intentas aparentar.

Yo ya me río de tus aspavientos. Yo ya me largo a cada momento.
Tú ya no me verás contra tu viento. Yo ya dejé de cuidar el miedo.

Yo ya me muero en el silencio de mi verdad.


Aprendiz de soñador